Cinco errores en interiorismo y cinco propuestas para solucionarlos

Admito que escribir sobre errores y comparecer como quien tiene la solución a los mismos no es un traje en el que me sienta cómoda. Me veo revestida de jueza fría, calculadora, pagada de sí misma, que sienta cátedra cada vez que habla. Y nada más lejos de la realidad. Me suele ocurrir algo parecido cuando voy de visita y los anfitriones preguntan -inquieren, diría-: «Ya pensarás que qué casa. Verás errores por todos los sitios». Me siento incómoda. ¿Se figura alguien que el psicólogo psicoanalice a aquellos con quienes se reúne, charla, celebra, ríe o canta? Es imposible, y si alguien lo intentara, sería insoportable.

He elegido cinco aspectos que en el día a día me aparecen con frecuencia y sobre ellos estimo que puedo aportar un poco de luz. Como es lógico, todos afectan a las labores de interiorismo, proyectos y reformas integrales que habitualmente planificamos para nuestras cocinas, baños, salas o cualquier otro espacio en el que vivimos. Dejo el concepto ‘error’ para la gracia del título; cargo de tinta la pluma y empiezo.

Hay un aspecto que deseo combatir desde hace tiempo, y ya no lo aplazo más. Se trata del miedo y tirantez que me provocan los MacGyver, una raza siempre en expansión, cuya principal característica es su multidisciplinaridad: son, a la vez, fontaneros, albañiles, diseñadores, electricistas, pintores y lo que se necesite, oiga. Manitas de vocación y manazas de ejecución. Lo mismo ponen un suelo, que cuelgan un cuadro. Dotados de una disposición encomiable, se ofrecen a hacer cualquier trabajo con una exasperante autocomplacencia. A todo este atractivo hay que añadirle otro, quizás el más peligroso de todos: el precio. Su presupuesto suele arrancar con «el material sí, pero´lo demás’, nada, gratis. Un café, que lo hago como hobby». A partir de aquí las variaciones pueden ser infinitas, y dependen de la situación sociolaboral del MacGyver de turno y de la relación personal que se tenga con él, pero el resultado final suele coincidir: se pierde el dinero, el trabajo, y no pocas veces, la amistad si es que la hubo antes.

Mi consejo es que nunca recurráis a los MacGyver. Tienen tan buena voluntad como peligro. La mejor opción es elegir profesionales adecuados para cada trabajo. Están formados, capacitados, aportan sus garantías y siempre les puede exigir. Además, no exagero si afirmo que a nadie nos gusta el intrusismo en nuestras respectivas profesiones. Pues bien, por qué recurrir a él cuando se trata de nuestro hogar, de nuestra intimidad.

La grieta es bella

Vivimos entre paredes. Vaya obviedad. Y a menudo en ellas aparecen grietas que se van quedando con nuestra atención, con nuestra preocupación hasta que llega un punto en el que no vemos el momento de taparlas. Lo más normal, siempre que no hablemos de daños estructurales, es que a la terquedad del aquaplast se le imponga la paciente tozudez de la grieta que logra sobreponerse a cuantas vendas y mallas intenten enmudecerla. El planeta en el que vivimos está en continuo movimiento. Viajamos por el espacio a una velocidad de casi 30 kilómetros por segundo y giramos a unos 460 metros por segundo. Tanto ajetreo provoca que parezca que nuestros edificios están vivos ya que se reasientan de manera continua. Además, también hay que tener en cuenta el terreno sobre el estén construidos, y la estructura del edificio. Nada tiene que ver una estructura de madera con una de hormigón. Bien lo saben quienes habitan los cascos viejos.

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Una grieta sobre la que está pintada una rama de la que brotan dos flores de magnolio.

La grieta, como la arruga, es bella. Y en ella podemos ver una oportunidad para aportar vida, belleza y un aire completamente nuevo a nuestros espacios. Ya que no puedes con tu enemigo, alíate con él. Una grieta puede ser tantas cosas como nuestra imaginación quiera: un camino, un río, una rama, un escondrijo. En las fotos que ilustran este post, tenéis ejemplos que realizó en nuestro estudio de Calicanto la pintora Verónica Alcácer del Río sobre estas brechas. Ella vio una rama de la que prendían hermosas flores de magnolio, o en otra que afloraba por la esquina de un espejo (foto de portada de este ‘post’) se imaginó un remanso de paz para un pescador solitario, o qué decir de la escena con gaviotas pintada sobre un vetusto pladour reconvertido en lienzo en la casa de un cliente, creada por el pintor Fernando Sáenz.

El precio como criterio

Entro en un debate clásico e interminable, con fieros irreductibles a ambos lados. No deberíamos poner el precio como uno de los primeros baremos de nuestro análisis. Ni lo caro es lo mejor, ni lo barato lo peor. Es empezar la casa por el tejado. Entiendo que es fundamental la labor del interiorismo, tal y como lo entiendo, esto es, un trabajo de asesoramiento centrado, mucho antes que en el precio, en descubrir y definir junto al cliente cuál es la necesidad real, y a partir de ahí abordar la cuestión de los precios. El interiorista debe estar preparado y experimentado ya que hay multitud de elementos que no se pueden comprar a la ligera, con una idea que no se corresponde con el objetivo que buscamos, sino más bien con una idealización previa que nos transmite uno u otro precio.

Es más, en todo buscamos opiniones de producto o servicio, pero no nos solemos atrever a preguntar porque tememos que nos juzguen. De ahí que nos refugiemos en internet no sólo para comprar, sino para comparar y ver opiniones de personas a las que no conocemos y en quienes depositamos quizás demasiada confianza. Lo que pagamos es muchas veces consecuencia de una mala gestión desde el principio.

La mente en blanco

Recuerdo las primeras clases de Manualidades en el colegio. Todo me gustaba. Desde la plastilina hasta la costura; desde el dibujo a la pintura, pasando por la marquetería. Allí se me quedó grabado para siempre el experimento del disco de Newton: los colores del arco iris, girados a gran velocidad, se convertían en uno solo, el blanco. Como interiorista debo tener claro que para gustos están hechos los colores, y, precisamente, opinar sobre ellos es meterse en un jardín. Sin embargo, considero importante, al menos desde estas líneas, defender que el blanco -tan de moda en la actualidad- ni agranda, ni hace más limpia la estancia en la que se aplica. Y cuando lo miro, no puedo evitar que me venga a la mente aquel disco de Newton de mi infancia. «El blanco es el arco iris dando vueltas a toda velocidad», me repito desganada. Es un color fácil, cómodo, que no exige un pensamiento reflexivo. «En Japón es el color del luto», me reafirmo al pensar en él. Incluso cuando nos quedamos sin ideas, sin respuesta, exclamamos: «Se me ha quedado la mente en blanco», y si no tenemos dinero, «estamos sin blanca». Ahora que de tan rabiosa moda está este color, creo que es equivocado y un tanto tristón recurrir a él siempre y en todo lugar, seguros de que es una apuesta que nunca falla. Creo que se debe apostar, correr riesgos, jugar, transgredir, verbos que en principio pueden producir un poco de urticaria, pero que a la larga nos ayudan a plasmar nuestro propio carácter, de tal forma que nuestra cocina, nuestro baño, nuestro hogar nunca sea uno más.

De la mano de esta idea viene también la quinta y última reflexión sobre una cuestión que es el ‘pan nuestro de cada día’ en Calicanto: las fotografías de casas no son nuestras casas. Aunque vivamos en colmenas, nuestro espacio es único e irrepetible. Lo conformamos con nuestras circunstancias y experiencias. Lo que vemos que nos gusta en una revista, en un reportaje, no suele coincidir con nuestra realidad. En primer lugar, no deberíamos olvidar que todos mostramos nuestra mejor versión y escondemos nuestras sombras. Siempre enseñaré la fotografía buena y obviaré las decenas que he necesitado para llegar a ella. En este sentido, por ejemplo, nadie nos muestra todas las ‘tripas’ que habitan debajo del maravilloso y extraplano plato de ducha de última generación mostrado en la revista ‘X’. Lo deseamos -el deseo es la mejor parte del viaje- y queremos uno igual. ¿Y las tuberías, las conducciones, las bajantes, las inclinaciones, la altura necesaria de suelo están por algún lado? Y en segundo lugar, siempre deberíamos buscar lo propio, lo nuestro, aunque lo ajeno nos pueda servir de inspiración. En nuestro hogar no puede haber ni más personalidad, ni más firma que la nuestra.

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